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La verdadera comunidad no puede reducirse sólo a lo "social", lo "devocional" o lo "intelectual", sino que su función principal es la construcción de la fraternidad, por lo tanto la edificación espiritual es lo que constituye verdaderamente una comunidad, por lo que si un grupo la implementa regularmente en su reunión semanal y no le dedica el tiempo necesario, ese grupo no merece el nombre de comunidad.  La edificación espiritual no debe tomarse como una obligación, sino como un brote espontáneo entre personas que han tenido la experiencia del encuentro con Dios, que se han convertido a Él y que, al reunirse para compartir su experiencia de vida cristiana, progresivamente van experimentando el amor de unos a otros, y esto los lleva a desear el bien de los demás, y en proporción de su caminar unidos en el Señor, se van conociendo y se van interesando por todos los aspectos de la vida de cada uno de los miembros de la comunidad. Evidentemente, esto supone un grupo cuyos miembros son siempre los mismos y que además han ido logrando una suficiente estabilidad. La edificación espiritual la podríamos describir con todos estos matices: conocimiento mutuo, interés, responsabilización, cuidado, ayuda mutua, mutuo servicio, preocupación, solicitud de todo lo que forma parte de la vida de cada persona en solidaridad y apoyo. Elementos todos que llevan a la comunión y participación, lo cual sintetiza el fruto de la edificación espiritual: "comunión" en todos los aspectos de sus vidas, Participación como sinónimo de compartir progresivamente todas las áreas de la vida, en proporción de su crecimiento en el Señor y de la integración de la comunidad. En la edificación espiritual es sumamente importante saber escuchar, interesarse realmente por el problema del otro, tener empatía, metiéndose en los "zapatos del otro", para tratar de ver las cosas desde su punto de vista y todo a la luz de Dios y su Palabra.